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Las elecciones en Bolivia

PUBLISHED:
10/10/2014
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Las elecciones del 12 de octubre copan todo el escenario político institucional y social del país. Sin embargo, hay una sensación generalizada de que no habrá mayores sorpresas en los resultados. La (re)reelección de Evo Morales y Álvaro García Linera está fuera de duda e, incluso, las encuestas apuntan a que el MAS logrará, nuevamente, los dos tercios en el Senado y en la Cámara de Diputados, allanando el camino para encarar algunas reformas constitucionales orientadas a la consolidación hegemónica del proyecto político que lidera Evo Morales.

¿Batalla Electoral o mero trámite?

No parece existir duda de que la campaña electoral que tiene lugar en estos días en Bolivia, tiene todas las características de una obra de teatro trillada, con desenlace conocido y un solo protagonista. Es probablemente la contienda electoral más liviana desde la recuperación de la democracia, hace 32 años.

Hay varios factores que contribuyen a la poca relevancia de la campaña en el ámbito político ideológico y programático:

La gran distancia que, de acuerdo a las encuestas, existe entre la candidatura de Evo Morales y la de todas las fuerzas de oposición.

No existe ninguna figura verdaderamente atractiva entre los candidatos y candidatas de la oposición que canalice la frustración o rechazo que puede suscitar el gobierno de Evo Morales y da la sensación de que el objetivo mayor de cada una de esas candidaturas es disputar a las otras un electorado cautivo que, a muy pocos días de las elecciones, difícilmente pasará del 30% de los votos a emitirse1.

Una campaña sin debate.

Continuando con una estrategia ya asumida en las elecciones de 2009, el MAS decidió que ni Evo Morales ni Álvaro García Linera acudan a ningún escenario de debate con los/las candidatos/as de la oposición. Incluso, en los últimos días, se ha advertido la ausencia de candidatos y candidatas del MAS a la senaduría o a la diputación en los espacios de debate organizados por distintas entidades ciudadanas o medios de comunicación. Probablemente, los estrategas de la campaña del MAS consideran una pérdida de tiempo o un innecesario riesgo el acudir a esos eventos.

La bonanza económica, el mejor argumento electoral.

El prolongado período de bonanza económica por el que atraviesa el país, y la percepción ciudadana ampliamente mayoritaria, según todas las encuestas, de que las cosas van bien como están, parece que ha impedido que las fuerzas de oposición planteen opciones de políticas económicas muy diferentes de las que viene implementando el gobierno de Morales. Fuerte presencia estatal en la economía, como actor directo y no únicamente como regulador, redistribución del ingreso vía las transferencias condicionales o “bonos”, gran impulso a la explotación de hidrocarburos, grandes emprendimientos para la generación de energía basada en el gas natural de petróleo y mega proyectos de infraestructura carretera, entre otras, son “mutatis mutandi” las bases de la oferta electoral de todas las tiendas políticas. Habrá quienes hacen más énfasis en la industrialización de las materias primas, o la ampliación y multiplicación de los bonos, o la generación de empleo estable y bien remunerado, pero ninguno dice cómo lo hará y, por tanto, son propuestas al aire que no generan credibilidad y, menos aún, entusiasmo en los electores.

Ausencia de una fuerza de oposición con capacidad de mayor articulación y convocatoria.

La errática trayectoria que han seguido las principales candidaturas de la oposición para constituirse y desplegar su campaña, muestra, como resultado, un escenario de enorme desequilibrio de fuerzas. Mientras la candidatura de Evo Morales logra avances muy significativos en segmentos del electorado que hasta hace poco tiempo eran absolutamente ajenos e incluso adversos al proyecto político liderado por Evo Morales, la oposición se ve fragmentada y circunscrita a limitados bolsones de población fundamentalmente urbana. La incapacidad de la oposición para articular una fuerza más atractiva que logre una representación cuantitativa y cualitativamente relevante en la Asamblea Legislativa Plurinacional, capaz de reestablecer un mínimo equilibrio de poderes, es uno de los aspectos negativos del proceso electoral en curso.

La cooptación de grupos empresariales y organizaciones sociales.

El gobierno del MAS ha logrado construir algunas alianzas notables por sus connotaciones electorales, como es el caso de importantes sectores empresariales del Departamento de Santa Cruz que, hasta no hace mucho, eran considerados enemigos encarnizados del “proceso de cambio”, o el de una fracción de la “Juventud Cruceñista”, una organización de activistas del movimiento cívico cruceño que jugó papel protagónico en la etapa de la intensa polarización política que vivió el país en 2008 y que estuvo a punto de desencadenar una confrontación violenta que puso en vilo el proceso constituyente, momento clave del tiempo político actual. Y, sobre todo, el acuerdo alcanzado con la dirigencia de la histórica Central Obrera Boliviana (COB) para que forme parte de la plataforma electoral del MAS y de las candidaturas al Senado y a la Cámara de Diputados. Más allá de que estas alianzas sean calificadas por la oposición o algunos analistas como eminentemente prebendales y pongan en primera línea la práctica del transfuguismo político, muy arraigada en la cultura política boliviana, es evidente que las mismas pueden movilizar un caudal de votos no desdeñable a favor del MAS.

¿Qué rompe la monotonía de la campaña?

El acoso político o la violencia contra las mujeres en que, presuntamente, han incurrido algunos líderes políticos, hoy candidatos; la amenaza pública y reiterada, por parte de dirigentes sociales del MAS, de castigar físicamente a quienes emitan voto cruzado, o impedir por la fuerza el acceso de candidatos de oposición a ciertas circunscripciones rurales, las contradicciones o vacilaciones del Tribunal Supremo Electoral en torno a la propaganda electoral camuflada de información sobre la gestión pública, o el uso de recursos e infraestructura del Estado en campaña, son algunos de los temas que concentran el discurso electoral y la atención mediática a la campaña.

Lo que no ha existido es un verdadero debate sobre las propuestas programáticas, sobre los modelos de desarrollo económico que postulan las diferentes fuerzas políticas, más allá de las reiteradas ofertas de industrialización de los hidrocarburos o la multiplicación de los “bonos”. La generación de empleo estable y bien remunerado, que no es el que surge de la actual expansión de la economía informal, no aparece en ninguna de las agendas, como tampoco se ven planteamientos que permitan encarar sólidamente los desafíos emergentes de la construcción de una democracia intercultural, la vigencia plena de los derechos humanos, los frenos y contrapesos indispensables para un buen ejercicio del poder público. Por todo ello, la ciudadanía que no forma parte de la base dura del MAS o de las fuerzas de oposición, se muestra poco motivada y menos comprometida con el proceso electoral que llega a su culminación el 12 de octubre. Es previsible que se imponga el voto más pragmático, o voto “útil”, que el voto programático, el cual, ciertamente, tuvo mayor impulso en elecciones anteriores.