La democracia al mando: por qué es importante el próximo Secretario General de la ONU
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El próximo Secretario General de las Naciones Unidas (SGNU) no solo gestionará una organización compleja; deberá desempeñar un papel intrincado como máximo responsable administrativo y como referente moral de un sistema basado en los principios de representación, rendición de cuentas y participación, todos ellos fundamentales para la democracia. Si bien la Carta de las Naciones Unidas consagra implícitamente estos valores, la democracia en sí misma a menudo ha recibido una atención y un debate desiguales en la práctica, lo que hace que el liderazgo del Secretario General sea especialmente trascendental y vital en este momento.
Pero el camino hacia el piso 38 del edificio de la Secretaría no es fácil. El proceso de selección para uno de los puestos más difíciles del mundo no es una elección popular entre los Estados Miembros de la ONU, sino un desafío diplomático injusto. El Secretario General de la ONU es nombrado por la Asamblea General únicamente por recomendación del Consejo de Seguridad. Esto otorga a los Cinco Miembros Permanentes (P5) —China, Francia, Rusia, el Reino Unido y Estados Unidos— un veto absoluto basado en sus propias prioridades políticas. Para que un candidato defienda la democracia, debe hacerlo sin alienar a las potencias con poder de veto que consideran la promoción de la democracia una imposición occidental o una violación de sus derechos soberanos. Esto es especialmente relevante dado que la democracia no es un requisito formal para ser miembro de la ONU, aunque es fundamental para la legitimidad y la eficacia del multilateralismo.
La gobernanza inclusiva, la participación de la sociedad civil y las instituciones responsables —pilares clave de la democracia— son esenciales para la paz y el desarrollo sostenibles, y sustentan la credibilidad de compromisos globales como la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. En la práctica, la democracia fortalece a la ONU de tres maneras distintas: aumenta su legitimidad al garantizar que los gobiernos nacionales reflejen la voluntad de sus pueblos; refuerza la rendición de cuentas mediante la transparencia y la supervisión; y mejora su eficacia al permitir la creación de instituciones inclusivas mejor preparadas para lograr resultados de desarrollo a largo plazo. Lamentablemente, a medida que estos principios se ven sometidos a una presión creciente en todo el mundo, la capacidad de la ONU para actuar colectivamente también se debilita. El próximo líder debe tender un puente entre las aspiraciones democráticas de la ONU y una membresía que incluye democracias, así como monarquías, estados unipartidistas y juntas militares.
Por lo tanto, el Secretario General ocupa una posición única en este contexto. Su función no es necesariamente neutral desde el punto de vista político: requiere equilibrar los intereses de los Estados Miembros al tiempo que se defienden los valores consagrados en el sistema de la ONU. Es precisamente en esta tensión donde el liderazgo democrático se vuelve crucial. Un Secretario General comprometido con los principios democráticos puede dar voz a la sociedad civil, defender la integridad electoral y el estado de derecho, abogar por los derechos humanos y una mayor participación política, y contrarrestar con cautela las tendencias autoritarias sin socavar el consenso necesario para la acción multilateral. De este modo, el Secretario General de la ONU puede contribuir a restablecer la confianza en la cooperación internacional en un momento en que es urgentemente necesaria.
Según los diálogos interactivos de la Asamblea General de la ONU con los candidatos al puesto de Secretario General, sus declaraciones de visión y sus currículos, los principales candidatos reflejan diferentes enfoques de la democracia dentro del liderazgo multilateral. Michelle Bachelet (Chile) aporta una sólida orientación normativa, basada en su experiencia en la promoción de los derechos humanos y la igualdad de género. Su trayectoria sugiere un claro compromiso con los valores democráticos, aunque este énfasis podría provocar resistencia por parte de Estados recelosos del escrutinio basado en los derechos. Rafael Mariano Grossi (Argentina) ofrece un enfoque más técnico, moldeado por su experiencia en diplomacia nuclear. Si bien esto podría resultar atractivo para las grandes potencias y facilitar la cooperación pragmática, su visión pone menos énfasis explícito en la democracia y los derechos humanos, lo que podría generar dudas sobre la importancia que tendrían estos temas en su liderazgo. Rebeca Grynspan (Costa Rica) se centra en reconstruir la confianza en el multilateralismo, con una trayectoria que vincula la gobernanza con la inclusión económica y el desarrollo. Su estilo orientado al consenso es una fortaleza en un entorno polarizado, aunque la democracia no siempre ocupa un lugar central en su planteamiento. Macky Sall (Senegal) enfatiza la equidad y la representación del Sur Global, aportando experiencia política y diplomática al más alto nivel. Sin embargo, su trayectoria interna presenta un panorama más complejo en materia de gobernanza democrática, y su enfoque podría priorizar el desarrollo y las desigualdades estructurales sobre la reforma democrática institucional. Al mismo tiempo, la cuestión de quién dirige la ONU es inseparable de la cuestión de la representación misma. Nombrar a una mujer como próxima Secretaria General no sería simplemente un hito simbólico, sino una afirmación sustantiva de los principios democráticos. La igualdad de género es una característica definitoria de las democracias de alto rendimiento, que refleja en qué medida los sistemas políticos garantizan la igualdad de participación, representación y voz. A pesar de décadas de compromisos, la ONU nunca ha tenido una mujer como Secretaria General. Abordar esta brecha enviaría una señal contundente de que la organización está dispuesta a alinear su liderazgo con los valores que promueve a nivel mundial. También podría fortalecer la credibilidad del trabajo de la ONU en materia de igualdad de género y gobernanza inclusiva, particularmente en relación con el ODS 5. En términos más generales, reforzaría el principio de que la democracia requiere la inclusión significativa de todos los segmentos de la sociedad en los procesos de toma de decisiones, incluso en los niveles más altos del liderazgo mundial.
Las perspectivas de International IDEA refuerzan la idea de que la democracia no es periférica al sistema de la ONU, sino fundamental para su resiliencia y supervivencia. Las instituciones democráticas contribuyen directamente a la paz y la estabilidad al reducir la probabilidad de conflicto y facilitar la resolución pacífica de controversias. Fortalecen la confianza institucional en un momento en que la confianza en la gobernanza está disminuyendo a nivel mundial. Garantizan la inclusión al permitir que diversas voces influyan en la toma de decisiones y proporcionan los mecanismos de rendición de cuentas necesarios para dar seguimiento al progreso de los compromisos internacionales. Quizás lo más importante sea que, a medida que menos Estados Miembros defienden activamente la democracia en los foros de la ONU, la responsabilidad de defender estos principios recae cada vez más en otras instituciones y organizaciones independientes dentro del propio sistema.
Por lo tanto, la elección del próximo Secretario General determinará no solo la eficacia operativa de las Naciones Unidas, sino también su orientación normativa. En un momento en que el lenguaje democrático pierde protagonismo en la diplomacia global, existe un riesgo real de que el multilateralismo derive hacia un modelo más transaccional, centrado en la gestión del poder en lugar de promover principios compartidos. Defender la democracia —mediante la participación, la rendición de cuentas, la inclusión y la igualdad— no es un tema opcional en la agenda. Es el fundamento sobre el que se sustenta un multilateralismo eficaz y legítimo. Sin él, la ONU podrá seguir funcionando, pero tendrá dificultades para liderar y mantener su relevancia.