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Inteligencia artificial y elecciones: de la alarma a la gobernanza democrática

August 31, 2026 • De parte de Marcela Rios Tobar
Marcela Ríos Tobar, directora regional para América Latina y el Caribe durante el II seminario regional sobre inteligencia artificial y gestión electoral.

Descargo de responsabilidad: Las opiniones expresadas en este comentario son las de los autores y no representan necesariamente la posición institucional de IDEA Internacional, su Junta de Asesores o su Consejo de Estados Miembros.

 

La inteligencia artificial está transformando aceleradamente la forma en que trabajamos, nos comunicamos, accedemos a la información y participamos en la vida pública. También está modificando la manera en que se organizan las elecciones, se administran los procesos electorales y se desarrolla la competencia política. Ante esta realidad, las democracias enfrentan uno de los desafíos institucionales más complejos de nuestro tiempo: garantizar que el desarrollo tecnológico fortalezca, y no debilite, la democracia.

Durante los últimos años, gran parte del debate global sobre inteligencia artificial y elecciones estuvo dominado por visiones alarmistas. El surgimiento de herramientas capaces de generar contenidos sintéticos, replicar voces, producir imágenes falsas o amplificar campañas de desinformación alimentó pronósticos sobre un inminente colapso electoral. 

Sin embargo, la experiencia acumulada durante el superciclo electoral de 2024 y 2025 y lo que llevamos del 2026, ofrece una perspectiva más matizada. Los escenarios más catastróficos no se materializaron en la magnitud anticipada. Los sistemas electorales no colapsaron y la inteligencia artificial no provocó, por sí sola, una crisis generalizada de la democracia.

Pero sería un error interpretar esta realidad como una señal de tranquilidad.

Los riesgos existen y continúan evolucionando con gran rapidez. La inteligencia artificial ya está siendo utilizada por actores políticos, organismos públicos, medios de comunicación, empresas tecnológicas y ciudadanía en general. También está siendo empleada por actores maliciosos para manipular información, erosionar la confianza pública y explotar vulnerabilidades institucionales.

El desafío actual no consiste en determinar si estos riesgos llegarán a materializarse, ya están aquí. La pregunta relevante es si las instituciones democráticas están preparadas para enfrentarlos.

Para los organismos electorales, la inacción no es una opción responsable. Su misión fundamental consiste en garantizar elecciones creíbles, proteger los derechos políticos de la ciudadanía y asegurar condiciones de certeza para la competencia democrática. En un contexto de transformación tecnológica acelerada, cumplir esa misión exige nuevas capacidades institucionales.

La inteligencia artificial debe ser entendida simultáneamente como una oportunidad y como una fuente potencial de riesgo. Puede contribuir a mejorar la eficiencia administrativa, fortalecer la atención a la ciudadanía, optimizar procesos internos y ampliar capacidades analíticas. Pero también puede amplificar problemas ya existentes, como la desinformación, la discriminación algorítmica, la vulneración de datos personales, la polarización política y la violencia dirigida contra grupos históricamente subrepresentados.

Frente a esta realidad, el principal reto no es tecnológico. Es institucional.

La gobernanza de la inteligencia artificial requiere aprendizaje continuo, actualización constante de capacidades, coordinación interinstitucional y mecanismos de respuesta flexibles. En otras palabras, debe convertirse en una función estratégica permanente dentro de las instituciones democráticas.

La protección de la integridad electoral exige ampliar el enfoque más allá de los organismos electorales. La confianza en las elecciones ya no depende únicamente de la calidad técnica con que se organizan los comicios. También depende de la calidad del entorno informativo en el que la ciudadanía forma sus opiniones y toma decisiones.

Las campañas de desinformación, las narrativas de negación electoral y los ataques coordinados contra autoridades e instituciones democráticas han demostrado que la defensa de la integridad electoral requiere fortalecer ecosistemas democráticos completos. Gobiernos, organismos electorales, sociedad civil, medios de comunicación, academia, organismos internacionales y empresas tecnológicas deben asumir responsabilidades compartidas.

Ninguna institución puede enfrentar por sí sola desafíos que son simultáneamente digitales, complejos y transnacionales. En este contexto, resulta fundamental generar conocimiento, intercambiar experiencias y construir capacidades colectivas. 

La historia de la inteligencia artificial aún está escribiéndose. El rumbo que adopte no está predeterminado por la tecnología. Dependerá de las decisiones que adopten las instituciones democráticas, de la capacidad de las sociedades para proteger los derechos fundamentales y de la voluntad colectiva para fortalecer la confianza ciudadana.

En última instancia, el objetivo debe ser claro: garantizar que las nuevas tecnologías estén al servicio de la democracia, y no que la democracia quede a merced de los avances tecnológicos.

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Sobre los autores

Marcela Rios Tobar
Director for Latin America and the Caribbean
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