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Elección crítica - México, 7 de junio 

PUBLISHED:
09/06/2015
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A diferencia de lo que ocurre en otros países, en México las elecciones críticas son más frecuentes que las elecciones normales. De manera sorpresiva, los comicios del día de ayer adquirieron una importancia y un significado extraordinarios para una elección intermedia en la que no estaba en juego la Presidencia de la República. La calidad excepcional de lo ocurrido en las urnas mexicanas el día de ayer tiene que ver con el movimiento de los votantes, con lo que estuvo en juego en la elección y con las implicaciones de los resultados.

Entiendo por elección crítica —de acuerdo con la definición— un proceso en el que se produce una transferencia masiva del voto de una a otra fuerza política, es decir, como un movimiento del electorado que altera los patrones de comportamiento electoral y la distribución del poder. Añadiría que se define también por el alcance de sus consecuencias determinado por los temas de la elección o por los cargos que están en juego; por ejemplo, la presidencial de 1988 en México fue crítica —aunque apenas nos percatamos unas cuantas semanas antes de que tuviera lugar— por dos razones: porque registró la transferencia masiva del voto al Frente Democrático Nacional, la oposición de izquierda al PRI, que no existía en 1987 y, sin embargo, cimbró la hegemonía de ese partido. Su candidato no llegó a la Presidencia, pero a raíz de esa movilización surgió el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que profundizó la transformación del régimen partidista y aceleró la transición democrática. La elección presidencial de 1994 fue también crítica por la aparición de la violencia política que recibió el repudio masivo de los, al menos así lo sugirió una tasa de participación de más de 74 por ciento. En 2000 la elección fue crítica porque estaba en juego la derrota del candidato del PRI a la Presidencia de la República, que para muchos era la confirmación de la transición a la democracia. En 2006, la elección fue crítica porque la movilización de rechazo a los resultados oficiales, que atribuyeron el triunfo al candidato presidencial del Partido Acción Nacional (PAN), Felipe Calderón, por menos de un punto porcentual frente al contendiente del PRD, Andrés Manuel López Obrador, puso a prueba el entramado institucional que se ha construido como eje de un nuevo sistema político.

La elección de ayer no había sido prevista como crítica porque no estaba en juego la Presidencia de la República, que es un asunto que moviliza a los electores mucho más que la renovación de la Cámara de Diputados. Normalmente, las competencias intermedias son menos atractivas, la tasa de participación y el interés del electorado disminuyen. Sin embargo, en esta ocasión, la elección adquirió la dimensión de crítica por el contexto de violencia en que se desarrolló y por el deterioro de la imagen tanto del presidente Peña Nieto como de su gobierno, pero, sobre todo, por la reacción de los electores que acudieron a votar contra toda predicción y expectativa.

Dos factores distintos, aunque ambos asociados con violencia, impusieron una gran complejidad al contexto en el que se desarrolló la elección. Por una parte, la intensificación de la presión del crimen organizado sobre las instituciones políticas, como lo demuestra la revelación de los vínculos entre funcionarios que ocupan cargos de elección y grupos delincuenciales; y por el otro la poderosa ofensiva de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), una organización radical de maestros sindicalizados, que en las últimas semanas exigió la suspensión de las elecciones en protesta contra una reforma educativa que introduce la evaluación obligatoria de su desempeño laboral. Días antes de la jornada comicial, los maestros de la CNTE destruyeron material electoral, bloquearon oficinas del Instituto Nacional Electoral (INE), atacaron las sedes locales de diferentes partidos y anunciaron que impedirían el acceso de los votantes a las casillas. Sus acciones se concentraron en los estados de Michoacán, Guerrero y Chiapas. No obstante, fueron lo suficientemente agresivas y aparatosas como para generar un clima de desconfianza y temor que podía ahuyentar a los electores.

En estos momentos el porcentaje de aprobación del presidente es cercano a 40 %, y la credibilidad del gobierno es muy pobre. Los comicios fueron precedidos, en primer lugar, por la tragedia de Ayotzinapa que segó la vida de 43 jóvenes estudiantes en forma monstruosa. A la revelación de estos hechos, que horrorizaron a la opinión pública y que aún no han sido esclarecidos en forma satisfactoria, siguieron los escándalos de corrupción que involucraban a Enrique Peña Nieto, a su esposa y al Secretario de Hacienda, Luis Videgaray. Si a todo ello le sumamos la frustración creciente que causan los mediocres resultados de la economía, nos es posible calibrar la acumulación de elementos que generaron una atmósfera enrarecida que habría de influir sobre el valor y el significado de la elección.

La primera medida de la importancia que adquirieron estas elecciones fue el temor al abstencionismo que expresaron, sobre todo, las fuerzas de oposición. Por ello, todos los partidos –unos con más insistencia que otros— pusieron en pie campañas de promoción del voto que buscaban contrarrestar el efecto insidioso del temor a la violencia, pero también el movimiento de opinión en contra del voto, que pretendía expresar un repudio generalizado, así como el movimiento de opinión a favor del voto nulo.

La estrategia de la CNTE de tomar como rehén la elección constituye también una medida de la importancia que entre nosotros han adquirido las elecciones. La atmósfera en el país era francamente adversa al voto. Tanto así, que hubo más de un debate, alguno de ellos muy sesudo, a propósito de si valía la pena votar o no. Así que la primera sorpresa que nos dieron los electores fue su participación en las urnas. Las encuestas de opinión anticipaban una tasa de 34%, de suerte que 48% que reporta la prensa fue un regalo inesperado para quienes defienden el compromiso con esta maltrecha democracia mexicana. El porcentaje de votación es un refrendo de la fe en el voto y en el pluralismo político.

La elección del 7 de junio fue crítica desde el punto de vista de las percepciones, porque sus resultados demuestran que creemos en la fuerza del voto como instrumento de cambio. Contrariamente a lo que predicaban –o predican— los desencantados, ayer el voto dio prueba de su capacidad transformadora, como lo indica el triunfo del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), una escisión del Partido de la Revolución Democrática (PRD); la victoria de candidatos independientes, uno de ellos en la gubernatura del estado de Nuevo León, uno de los más ricos del país, y otro más en Jalisco. El crecimiento de partidos pequeños como Movimiento Ciudadano, la derrota del PRD en el D. F. y del PAN en Michoacán, así como el mínimo de votación esperada del Partido de la Revolución Institucional (PRI), son algunos de los resultados que modifican el paisaje político. De ahora en adelante, habrá que tomar en cuenta la distribución regional de fuerzas políticas que reclaman autonomía frente al centro del país, como lo sugiere el triunfo de los independientes: el aspirante a gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez, y los aspirantes a diputados, Manuel Clouthier en Sinaloa y Pedro Kumamoto en Jalisco.

La que parece ser la nueva distribución de fuerzas en el país obliga al gobierno a repensar su estrategia, pues si su victoria en 2012 le hizo creer que podía restaurar el PRI del pasado, sus modos y sus mañas, los magros resultados que obtuvo el 7 de junio pasado lo han puesto a la defensiva. En la nueva legislatura tendrá probablemente una mayoría simple, en alianza con el ensoberbecido Partido Verde Ecologista de México, al que tendrá que aprender a tratar en nuevos términos, según lo dejó ver su líder, Arturo Escobar, en la televisión en un debate postelectoral. Todo indica que en esta nueva legislatura el gobierno del PRI estará luchando, primero, por su supervivencia, luego…, luego ya veremos. Por lo pronto, es probable que la elección del 7 de junio de 2015 sea vista en el futuro como un sorpresivo parteaguas.

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Soledad Loaeza